Le gustaba el sosiego de las primaverales mañanas de Domingo. Era un silencio casi poético, lírico, atronador. Era hermoso verlo todo en esa especie de quietud relajante, en ese trance que parece que envolvía desde las hojas de los árboles hasta el canto de los pájaros, que se oía debilitado y lejano, como si fuera distante, como si viniese de algún lugar entre el mundo real y el imaginario.
Y en medio de esa apasionante y maravillante quietud era cuando otro día surgía, y era cuando se daba cuenta de que, por mal que fuesen las cosas y por difíciles que fuesen algunos momentos; siempre terminaría amaneciendo, quizás con más pena que gloria.
Para ser sinceros, el hecho de saber que siempre habría un mañana ofrecía cierto consuelo a Alan. El hecho de saber que, realmente, y tras todo el posible dolor, la angustia, el sufrimiento, la agonía y la espera, que después del infierno que podía ser una noche... quizá tapado por las nubes, pero el sol siempre terminaría saliendo. Y la vida siempre terminaría abriéndose paso, quizás de forma torpe, tosca y arremolinada, y quizás no siempre fuese un comienzo brillante, pero al menos sería un comienzo.
Y eso, ese principio tan elemental y tan asquerosa y contundentemente lógico arraigado en la esencia de la vida, esa aparente tontería, era algo que él había tardado veintisiete años en poder aprender.
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