Hoy pienso tomarme la licencia de molestaros un poco, y deciros que por fin y tras mucho escribir (y mucho borrar) he enviado mi famoso relato al concurso. No sé si ganaré, la verdad. Pero me gusta pensar que no me ha salido una bazofia, y que al menos me servirá para aprender un poco y quién sabe... quizá algún día hacer algo aceptable que no incluya demasiadas estupideces.
Y dicho esto, os dejo por ahora.
jueves, 29 de abril de 2010
domingo, 25 de abril de 2010
"mañana"
Le gustaba el sosiego de las primaverales mañanas de Domingo. Era un silencio casi poético, lírico, atronador. Era hermoso verlo todo en esa especie de quietud relajante, en ese trance que parece que envolvía desde las hojas de los árboles hasta el canto de los pájaros, que se oía debilitado y lejano, como si fuera distante, como si viniese de algún lugar entre el mundo real y el imaginario.
Y en medio de esa apasionante y maravillante quietud era cuando otro día surgía, y era cuando se daba cuenta de que, por mal que fuesen las cosas y por difíciles que fuesen algunos momentos; siempre terminaría amaneciendo, quizás con más pena que gloria.
Para ser sinceros, el hecho de saber que siempre habría un mañana ofrecía cierto consuelo a Alan. El hecho de saber que, realmente, y tras todo el posible dolor, la angustia, el sufrimiento, la agonía y la espera, que después del infierno que podía ser una noche... quizá tapado por las nubes, pero el sol siempre terminaría saliendo. Y la vida siempre terminaría abriéndose paso, quizás de forma torpe, tosca y arremolinada, y quizás no siempre fuese un comienzo brillante, pero al menos sería un comienzo.
Y eso, ese principio tan elemental y tan asquerosa y contundentemente lógico arraigado en la esencia de la vida, esa aparente tontería, era algo que él había tardado veintisiete años en poder aprender.
Y en medio de esa apasionante y maravillante quietud era cuando otro día surgía, y era cuando se daba cuenta de que, por mal que fuesen las cosas y por difíciles que fuesen algunos momentos; siempre terminaría amaneciendo, quizás con más pena que gloria.
Para ser sinceros, el hecho de saber que siempre habría un mañana ofrecía cierto consuelo a Alan. El hecho de saber que, realmente, y tras todo el posible dolor, la angustia, el sufrimiento, la agonía y la espera, que después del infierno que podía ser una noche... quizá tapado por las nubes, pero el sol siempre terminaría saliendo. Y la vida siempre terminaría abriéndose paso, quizás de forma torpe, tosca y arremolinada, y quizás no siempre fuese un comienzo brillante, pero al menos sería un comienzo.
Y eso, ese principio tan elemental y tan asquerosa y contundentemente lógico arraigado en la esencia de la vida, esa aparente tontería, era algo que él había tardado veintisiete años en poder aprender.
lunes, 19 de abril de 2010
La teoría de las palomas-luftwaffe
Tengo una teoría: Las palomas de Avilés, cuando alzan el vuelo, tienen la pericia en el aire de un piloto alemán de la Segunda Guerra Mundial.
Ese apurado sentido para aprovechar cada resquicio que los peatones dejan libre, esa forma de virar en el aire haciendo acrobacias impensables para los mortales, pero sobre todo, ese dominio para poder rasrurar al milímetro cuando realizan alguna acción de vuelo....
Sólo les falta llevar incorporado algún sistema de armamento o algo parecido, en serio. Muchas veces han pasado peinándonos la cabeza a más de uno.
Además, su color les permite camuflarse magistralmente, y es parecido al verde militar de los ejércitos nazis de Hitler.
En definitiva, que las palomas de Avilés, en realidad, son los espíritus de la legión de la Luftwaffe alemana, que han decidido reencarnarse en estos peculiares pájaros y, de paso, darnos a todos algún que otro susto.
Ese apurado sentido para aprovechar cada resquicio que los peatones dejan libre, esa forma de virar en el aire haciendo acrobacias impensables para los mortales, pero sobre todo, ese dominio para poder rasrurar al milímetro cuando realizan alguna acción de vuelo....
Sólo les falta llevar incorporado algún sistema de armamento o algo parecido, en serio. Muchas veces han pasado peinándonos la cabeza a más de uno.
Además, su color les permite camuflarse magistralmente, y es parecido al verde militar de los ejércitos nazis de Hitler.
En definitiva, que las palomas de Avilés, en realidad, son los espíritus de la legión de la Luftwaffe alemana, que han decidido reencarnarse en estos peculiares pájaros y, de paso, darnos a todos algún que otro susto.
viernes, 16 de abril de 2010
La confesión de Molly
Os dejo con una parte del relato: Para siempre es mucho tiempo
Sé que pocos lo leéis, pero quiero agradecéroslo de antemano. Me siento muy bien cuando alguien me dice: lo leí, y no entendí una mierda. (vale, pero lo leíste, y entero, y aunque no te guste al menos has sido considerad@) Y dicho esto, sin más preámbulos:
Molly quería hablar de ello, quería contarlo, quería que el resto del mundo supiera que ella sabía dónde estaba. Molly quería el protagonismo de ser la única, verdaderamente.
Ella siempre había estado en un segundo plano. Molly siempre se había mantenido detrás, como el apuntador de la obra de teatro que había sido la vida de Alan. Ella siempre había estado detrás, haciendo un trabajo esencial pero invisible. Siempre detrás, siempre detrás. Como cuando en el funeral de la madre de su mejor amigo ella había sido quien dijo a los invitados que podían ir entrando en la sala. En ese sentido, Molly era toda una maestra. Nunca nadie recordaba su nombre. Siempre detrás, que era su lugar preferido, intentando ayudar a todos los que podía. No quería ser epicentro de miradas, comentarios, o nada parecido. Y en eso, en ese afán de antiprotagonismo, había tres verdades: Era una heroína, era altruista, y era tímida. Eso conducía a pensar que, irremediablemente, era frágil como una flor en primavera, aunque poca gente llegaba a conocerla tan bien. Era reservada y no solía hacer ver lo que de verdad sentía, cuando alguien se interesaba por eso. Pero esos casos eran los menos, dado que, generalmente, pasaba inadvertida.
Siendo sinceros, en parte lo adoraba. Le encantaba desenfocarse del primer plano y convertir a otros en protagonistas. Ella siempre había dicho que lo mejor que en esta vida podía hacerse era pasar desapercibido, sin perderse a uno mismo entre la multitud. Y para pasar desapercibido, lo mejor era ser medianamente normal.
Pero, por otra parte, ella ansiaba y deseaba el protagonismo que no tenía. Un rincón de su mente siempre le había susurrado: ¿cómo sabes que realmente no lo quieres? ¿Cómo, si no lo has probado? En el fondo, sabes que lo vales, pero tienes miedo de ir a por ello. Sé ambiciosa. Eso la había estado destrozando en silencio durante años. Maldijo su indecisión hasta que no tuvo fuerzas para seguir maldiciendo, siempre callada. Pero, cuanto más maldecía, más fuertemente gritaba esa voz dentro de ella, y más difícil se hacía ignorarla. Era una batalla que el tiempo iba ganando y, quizás, la persistencia iba perdiendo. Su lengua le quemó como no le había quemado en años. Quería abrir la boca, pero sabía lo que diría si lo hacía. Sabía que insinuaría algo sutil, pero lo suficientemente contundente como para que los demás entendiesen que ella sí sabía dónde estaba Alan, y que estaba bien. Ella contaría que lo sabe todo, porque ¿qué interés tiene contar una historia si uno sólo cuenta una parte? Ella quería contarlo, sí, pero por egoísmo y egocentrismo. Como dicen los psicólogos, por tensión no resuelta. No por otra cosa. No por necesidad, ni por presión, ni porque nadie dependiese de ello. No, ella quería contarlo sencillamente para sentirse importante, como no se había sentido jamás. Su cabeza volvía a traicionarla con pensamientos de grandeza, de que ella, por esta vez, quizá mereciese ser la protagonista, la única persona en quien Alan había confiado al irse a Finlandia.
Esas últimas palabras dieron un giro de 180Gº en su mente. "La única persona en quien Alan había confiado al irse a Finlandia". Ella, ella había sido la única. Otra persona había confiado en ella, y le había contado un secreto. Realmente ¿no la hacía eso ya importante? ¿No la convertía eso en alguien verdaderamente valioso? Alguien lo suficientemente valioso como para decirle algo que el resto de personas no sabrían, y como para confiar en que ese alguien no se lo contaría a nadie, aún a sabiendas de que vería a todos con cierta frecuencia. Eso era una carga. Una responsabilidad. Era un compromiso. Era confianza. Cuando alguien confiaba en ella, eso la hacía sentirse la protagonista, sólo que una protagonista silenciosa. Era la protagonista de una historia muda con sólo dos personajes: su amigo y ella. Y el resto quizá participasen en otra función, pero eran ajenos a la suya. Eso mismo, esa abrumadora sensación de intimidad, de complicidad y, sobre todo, de que era especial, le hizo sentirse muy a gusto guardando el secreto. Y además, en el fondo, era como si las dos vertientes se hubiesen unido. ¿No está bien eso? le decía ahora su mente. Cuanto más lo pensaba, más veía que sí. El ardor de su lengua se fue convirtiendo, poco a poco, en una apacible y relajante calidez que la fue envolviendo poco a poco. Y el frenético y vertiginoso afán de expulsarlo como si fuese un atragantamiento o una tos, fue desapareciendo al amparo de la envolvente calidad de la confianza que Alan había depositado en ella.
Sé que pocos lo leéis, pero quiero agradecéroslo de antemano. Me siento muy bien cuando alguien me dice: lo leí, y no entendí una mierda. (vale, pero lo leíste, y entero, y aunque no te guste al menos has sido considerad@) Y dicho esto, sin más preámbulos:
Molly quería hablar de ello, quería contarlo, quería que el resto del mundo supiera que ella sabía dónde estaba. Molly quería el protagonismo de ser la única, verdaderamente.
Ella siempre había estado en un segundo plano. Molly siempre se había mantenido detrás, como el apuntador de la obra de teatro que había sido la vida de Alan. Ella siempre había estado detrás, haciendo un trabajo esencial pero invisible. Siempre detrás, siempre detrás. Como cuando en el funeral de la madre de su mejor amigo ella había sido quien dijo a los invitados que podían ir entrando en la sala. En ese sentido, Molly era toda una maestra. Nunca nadie recordaba su nombre. Siempre detrás, que era su lugar preferido, intentando ayudar a todos los que podía. No quería ser epicentro de miradas, comentarios, o nada parecido. Y en eso, en ese afán de antiprotagonismo, había tres verdades: Era una heroína, era altruista, y era tímida. Eso conducía a pensar que, irremediablemente, era frágil como una flor en primavera, aunque poca gente llegaba a conocerla tan bien. Era reservada y no solía hacer ver lo que de verdad sentía, cuando alguien se interesaba por eso. Pero esos casos eran los menos, dado que, generalmente, pasaba inadvertida.
Siendo sinceros, en parte lo adoraba. Le encantaba desenfocarse del primer plano y convertir a otros en protagonistas. Ella siempre había dicho que lo mejor que en esta vida podía hacerse era pasar desapercibido, sin perderse a uno mismo entre la multitud. Y para pasar desapercibido, lo mejor era ser medianamente normal.
Pero, por otra parte, ella ansiaba y deseaba el protagonismo que no tenía. Un rincón de su mente siempre le había susurrado: ¿cómo sabes que realmente no lo quieres? ¿Cómo, si no lo has probado? En el fondo, sabes que lo vales, pero tienes miedo de ir a por ello. Sé ambiciosa. Eso la había estado destrozando en silencio durante años. Maldijo su indecisión hasta que no tuvo fuerzas para seguir maldiciendo, siempre callada. Pero, cuanto más maldecía, más fuertemente gritaba esa voz dentro de ella, y más difícil se hacía ignorarla. Era una batalla que el tiempo iba ganando y, quizás, la persistencia iba perdiendo. Su lengua le quemó como no le había quemado en años. Quería abrir la boca, pero sabía lo que diría si lo hacía. Sabía que insinuaría algo sutil, pero lo suficientemente contundente como para que los demás entendiesen que ella sí sabía dónde estaba Alan, y que estaba bien. Ella contaría que lo sabe todo, porque ¿qué interés tiene contar una historia si uno sólo cuenta una parte? Ella quería contarlo, sí, pero por egoísmo y egocentrismo. Como dicen los psicólogos, por tensión no resuelta. No por otra cosa. No por necesidad, ni por presión, ni porque nadie dependiese de ello. No, ella quería contarlo sencillamente para sentirse importante, como no se había sentido jamás. Su cabeza volvía a traicionarla con pensamientos de grandeza, de que ella, por esta vez, quizá mereciese ser la protagonista, la única persona en quien Alan había confiado al irse a Finlandia.
Esas últimas palabras dieron un giro de 180Gº en su mente. "La única persona en quien Alan había confiado al irse a Finlandia". Ella, ella había sido la única. Otra persona había confiado en ella, y le había contado un secreto. Realmente ¿no la hacía eso ya importante? ¿No la convertía eso en alguien verdaderamente valioso? Alguien lo suficientemente valioso como para decirle algo que el resto de personas no sabrían, y como para confiar en que ese alguien no se lo contaría a nadie, aún a sabiendas de que vería a todos con cierta frecuencia. Eso era una carga. Una responsabilidad. Era un compromiso. Era confianza. Cuando alguien confiaba en ella, eso la hacía sentirse la protagonista, sólo que una protagonista silenciosa. Era la protagonista de una historia muda con sólo dos personajes: su amigo y ella. Y el resto quizá participasen en otra función, pero eran ajenos a la suya. Eso mismo, esa abrumadora sensación de intimidad, de complicidad y, sobre todo, de que era especial, le hizo sentirse muy a gusto guardando el secreto. Y además, en el fondo, era como si las dos vertientes se hubiesen unido. ¿No está bien eso? le decía ahora su mente. Cuanto más lo pensaba, más veía que sí. El ardor de su lengua se fue convirtiendo, poco a poco, en una apacible y relajante calidez que la fue envolviendo poco a poco. Y el frenético y vertiginoso afán de expulsarlo como si fuese un atragantamiento o una tos, fue desapareciendo al amparo de la envolvente calidad de la confianza que Alan había depositado en ella.
días de Sacarina
Un amigo me dijo el otro día que estaba cansado de la monotonía de su vida, de la rutina.
Eso me hizo pensar. Normal que deteste la sensación de que cada día podría ser mejor, más vivo, más desgarrador de lo que es. Normal que tenga la sensación de que a todos los días les falta algo, francamente. Y eso es normal porque la mayoría de la gente vive presos de la rutina, de lo cotidiano, de la monotonía.
Es como si quisieras vivir con sacarina en un mundo de azúcar. Todos conoceréis la sensación.
Y dicho esto, hoy no me extiendo más, que luego me dicen que soy un bohemio y que no se me entiende xDD (Sí, Desi, va por ti)
Eso me hizo pensar. Normal que deteste la sensación de que cada día podría ser mejor, más vivo, más desgarrador de lo que es. Normal que tenga la sensación de que a todos los días les falta algo, francamente. Y eso es normal porque la mayoría de la gente vive presos de la rutina, de lo cotidiano, de la monotonía.
Es como si quisieras vivir con sacarina en un mundo de azúcar. Todos conoceréis la sensación.
Y dicho esto, hoy no me extiendo más, que luego me dicen que soy un bohemio y que no se me entiende xDD (Sí, Desi, va por ti)
domingo, 11 de abril de 2010
Ironías Asturianas
Es curioso, porque he tenido que salir, beber y emborracharme para darme cuenta de que tengo más sentido cuando no voy sobrio.
Quizá yo sigo siendo el mismo, y en la nebulosa del alcohol es la vida la que tiene más sentido, no lo sé.
Lo que sí sé es que últimamente, ando en una dinámica tan ambigua, tan abstracta, que las pocas cosas que tienen forma y cuerpo son los fantasmas de mis propios recuerdos.
Quizá yo sigo siendo el mismo, y en la nebulosa del alcohol es la vida la que tiene más sentido, no lo sé.
Lo que sí sé es que últimamente, ando en una dinámica tan ambigua, tan abstracta, que las pocas cosas que tienen forma y cuerpo son los fantasmas de mis propios recuerdos.
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