lunes, 29 de marzo de 2010
Francamente, y perdonad por ser tan prepotente de decirlo aquí, la razón por la que aprendí, y la que he dicho esta tarde, ha sido la siguiente:
La música no se reía de ti, no te juzgaba por cómo ibas vestido
Supongo que, siendo objetivos, eso es todo. La música la escuchabas, la veías, quizá la sentías. Es una de esas pequeñas cosas de la vida que, quizá no lo parezca, pero está viva.
Y dicho esto, os dejo con una pieza sensacional:
domingo, 28 de marzo de 2010
Músicalmente, esto es una mierda. Los por qués se resumen en lo siguiente:
1) Tocar el piano así es algo que se puede hacer sin ni siquiera haber dado clases.
2) He visto a chicos de 10 años componer melodías más elaboradas
3) Se supone que un acompañamiento debe variar algo a lo largo de la pieza, no siempre ser igual.
Aparte de que se esa no es la postura adecuada para tocar...
Yo flipo. Y pensar que este tío vive de cosas como esa...
viernes, 26 de marzo de 2010
People looking through ( pípol lukin zrú)
Eso he sentido yo hoy. Ha durado poco, pero ha sido como si pudiera leer en sus ojos la mismísima expresión del desconcierto, desconcierto que es lógico si piensan que quizá, por un segundo, yo haya accedido a sus secretos, a sus deseos, a sus pensamientos.
Ha sido como si pudiera ver sus palabras dibujadas, de forma invisible, en algún lugar entre su mente y la mía.
Raro, todo raro. Muy raras están las cosas en estos días, francamente. Mis sueños, mis pesadillas, mis... mis recuerdos de cosas que no han pasado.
A veces, es como si estuviera viviendo dos vidas paralelas en una sola.
Quizá estoy loco. Probablemente estoy loco, de hecho.
lunes, 22 de marzo de 2010
Sneak Peek
Sé yo de cierto bloguero que pensará, quizá, cuando lea esto que hasta escribiendo predico. A ti, mi querido GENERAL ROMANO, te dedico la entrada de esta noche. (para que luego digas que me enfado contigo por tus tonterías...)
Creo que sé lo que estarás pensando cuando leas esta carta. Sí, esto es una despedida. Y sí, yo soy un cobarde por irme sin decir nada, por la espalda, haciendo escrita una verdad hablada, volviendo sorda una conversación sonora. Quizá hasta estés odiándome por creer saber lo que tú piensas, hartándote de mi psicoanálisis barato.
Katherine, no espero que me comprendas, ni tampoco espero que me perdones. Tan solo espero que me olvides.
Si buscas una explicación, sería largo y complicado. Hace tiempo que lo nuestro ha dejado de ser lo nuestro. Hace tiempo que ya no existe nada más allá de tus atronadores silencios. Hace tiempo que disfruto de algo tan estúpido como cenar solo en casa. Me he ido porque, como dijo Shakespeare "la erguida torre de mi ingenio ha caído"
No aguantaba más la censura, no aguantaba más que siempre fuese lo que tú querías que fuese, que hubiese un "tu y yo” desde hacía tiempo. Hace frío en tu "tú y yo". No aguantaba más que te hubieses vuelto tan normal, tan apática, tan seria, tan… seca. No aguantaba más. No puedo, Kath. Lo que más me costaba digerir eran las pequeñas imperfecciones, que ya no eran tan pequeñas. Las relaciones siempre me han parecido muros, construidos entre dos personas. Y nuestro muro estaba ya tan lleno de agujeros que era agotador sostenerlo. Al menos, para mí.
Eran demasiadas cosas. Tu forma de ser, la mía, tú me malinterpretabas y pensabas que yo era un arrogante pomposo, yo quería dar mi opinión, pero tenía miedo por cada palabra que salía de mi boca. Y claro, al final de mi boca sólo salían las cosas que le diría a un desconocido, y a ti te parecía arrogante porque yo, con los desconocidos, soy distante y no digo lo que pienso. Y quise ser formal, algo imparcial, pero era todavía más agotador. Francamente, hace meses que prefiero comer solo. Busco incluso horas a las que sé que tú estás fuera. Y cuando como ahí, sentado en la fría mesa de madera de mi cocina, en silencio, con la compañía del cielo nublado y del viento frío, en ese momento, en esos 20 o 25 minutos, soy escandalosa y exageradamente feliz. Y sí, soy feliz porque disfruto de algo tan sencillo como que la comida me va a sentar bien.
Hace meses que no gasto en la factura de móvil. Y parece una estupidez, así dicho, pero eso es porque no tengo nadie a quien llamar ni nadie a quien responder mensajes por la noche, antes de irme a dormir. Mi número existe, pero tú te has olvidado de marcarlo. Y yo, quizá haya perdido tu número de mi agenda, porque hace tanto que no lo veo en mi pantalla que, francamente, pienso que quizá lo he borrado alguna noche, y no lo recuerdo. Y todo esto, lo haces estando cerca, y lejos a la vez. Es como si estuvieras a dos metros de mí, y entre nosotros mediase un cristal impenetrable e infranqueable. Un muro de vidrio absolutamente insalvable. ¡Y yo no lo soporto! Por mucho que te haya querido, ya no aguanto más. Mi móvil, mi correo, mi todo… la verdad es que ahora mismo ando algo perdido, y no sé exactamente lo que es mi todo pero sé que tú no estás en él.
Hace tiempo que un nudo se ha formado en mi estómago, hace tiempo que ese mismo nudo aprieta, y ahoga. Hay días que no, hay días en los que pienso que soy yo el imbécil, y que lo nuestro está hecho para durar. Y sin embargo, esos días, cada vez son los menos. Y cada vez van ganando terreno esos otros días, los oscuros. Esos días entro en razón (o quizá salgo de ella) y pienso que, si no me siento a gusto, ¿no es mejor dejarlo? ¿No es mejor hablarlo? Pues seguramente, sí. Pero yo soy un cobarde, ya te lo he dicho, y no he tenido el valor de hablarlo. No sé cuándo volveré, y ni siquiera sé si volveré. Eso es algo que, la verdad, no he tenido el valor de plantearme todavía. Yo y mis estúpidas cobardías infantiles.
No tengo el valor de hablarlo pero sí el de huir, quizá pienses. ¿Te sorprendería saber que me resulta más fácil dejarlo todo, antes que decirte que lo nuestro, ya no es nuestro?
Te mereces más que una carta, más que un adiós con tinta y en papel. ¡Te mereces un hombre! Un hombre que no tenga que decirte adiós, en serio. Te mereces eso, porque eres una buena persona. Es sólo que yo no puedo ser ese hombre, no ahora, no para ti, ya no. He fingido demasiadas caricias, demasiados te quiero y demasiados abrazos mientras dormías. Cuanto más he procurado convencerme de que seguía queriéndote, más he comprendido que eso ya no era así, que yo ya no sentía lo mismo. Fui, de nuevo, un cobarde porque quise negar mis sentimientos, ignorarlos y desentenderme de ellos. Desenamorarse es como enamorarse, pero más doloroso y menos fácil.
He cambiado mi número de móvil, he vendido todo aquello que era mío, he liquidado mis cuentas con el banco y he saldado todas mis deudas en Londres. He cancelado todas mis suscripciones en revistas, diarios y círculos de lectura para aficionados, de forma que en ningún sitio he dejado constancia mía. He borrado todas mis conexiones con el futuro. He dejado todo atado, y bien atado, y he enterrado todos los rastros que podrían guiarte a donde yo voy. Sobre la mesa del salón, te he dejado dos libras para que puedas llamar a alguien desde una cabina cuando leas esta carta. Es duro decírtelo así, tan crudamente. No intentes buscarme, no intentes dar conmigo, y no me sigas. No preguntes por mí ni a mi familia, ni a la gente que me conoce, ni siquiera a nuestros amigos comunes. Si alguna vez me quisiste, tan sólo te pido eso, aunque sé perfectamente que preguntarás si ellos saben dónde estoy (siempre fuiste una chica perseverante).
Lo mejor que puedes hacer es, créeme, olvidarme. Olvida que existo y que te he amado con todo mi corazón. Coge todo cuanto sea mío quémalo. Quémalo y déjalo que arda. Expúlsame de tu vida. Elimina todos los recuerdos, fotos y enseres de una persona que, a partir de hoy, no existe.