El mismo camino de todos los días. Las mismas canciones en el mp4. La misma sombra, atenazándome a cada paso. La misma tienda que vuelve a estar cerrada a la misma hora. El mismo repiqueteo tintineante que suena en "L'inverno" de Vivaldi.
Es todo como idéntico. Si miras al suelo, verás hoy las huellas que dejaste ayer. Si miras, sigues viendo los mismos coches que pasaron ayer, y que pasarán mañana. ¿Nunca os habéis preguntado donde van esos coches perdidos?
En realidad, esa especie de circo de lo cotidiano es la más barata, surrealista y vacua imaginería que mis ojos contemplan cada día. Esa especie de sincronización, típica y estresantemente armónica sobre cómo las personas son como deberían ser. Es precioso, pero carente de imaginación, de inventiva, de carácter, de emoción. Es... como si ya supieras lo que va a pasar cada noche antes que pasase.
Y eso es algo que está teniendo lugar ahora mismo, mientras escribo, o mientras leeís vosotros. Si miraseis por las ventanas, quizá veríais lo que yo veo. El compás de la ciudad cuadrándose, encajándose. Los coches en la misma dirección, el tintineo del timbre de las bicis que circulan por el carril bici, el sonido del camión de la basura levantando los contenedores, las personas que andan, las que hablan, las luces que se encienden y apagan en las casas vecinas... ese es el verdadero poder de la imaginería barata. Ese es el verdadero milagro de su representación teatral, absurda y surrealista, sí, pero preciosa.
De todas formas, no me hagáis demasiado caso. Quizá sólo estéis oyendo el discurso de un loco.
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